Julio Zachrisson, un artista entre dos orillas
Curaduría: Juan Canela       
18 de agosto 2022 - enero 2023
Solía decir Julio Zachrisson (Panamá, 1927-España, 2021) que “el arte no sirve para nada… pero es imprescindible”. La frase ahonda, a través de una contradicción, en la esencia de la práctica artística misma, un ámbito siempre en cuestionamiento al que dedicó su vida. Es a la vez un firme posicionamiento frente al proceso creativo de este importante maestro, pionero del arte contemporáneo en Panamá.  
Esta exposición, que se mostró en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid entre diciembre de 2020 y diciembre de 2021, es su retrospectiva más completa hasta el momento, abarcando cinco décadas de obra plástica, gráfica y escultórica. Junto a la muestra llega una donación de más de cuatrocientas obras del maestro, que pasarán a formar parte de la colección del museo. Este sustancial acervo se contextualiza ahora en Panamá, completando el viaje entre las dos orillas del océano Atlántico que marcaron su vida. Sus obras vuelven a desplegarse en las paredes del MAC Panamá, un espacio en el que exhibió y trabajó desde sus inicios acompañándolo en su recorrido, y del cual fue uno de los impulsores iniciales. Aquí realizó siete muestras individuales, participó en numerosas colectivas, y fue miembro esencial para el desarrollo del Taller Gráfico de Panarte.   
Zachrisson se formó durante la década de los cincuenta del pasado siglo en México, estudiando dibujo y grabado en La Esmeralda, donde estuvo expuesto a las ideas del movimiento muralista. Tras viajar a Italia para ampliar estudios de gráfica, se asienta en Madrid en 1961. Sin perder nunca el vínculo con su Panamá natal, desde España desarrolla su producción artística, que resulta en un mundo poderoso de imágenes y temas que hunden sus raíces en los mitos e historias de la cultura occidental y en la cultura popular e indígena del istmo. Concilia así la tradición de los grandes maestros europeos con la herencia de las vanguardias históricas latinoamericanas, todo empapado de un carácter vital, erótico, atrevido, pícaro y gozador que lo hacen inconfundible. 
Conversar con personas que conocieron bien a Julio Zachrisson es percatarse de la importancia que les daba a las relaciones afectivas, que eran para él un imperativo ético. El sentido de colectividad y los estrechos lazos que se van conformando a lo largo de los años fueron parte intrínseca de su forma de entender arte y vida. Es relevante también su capacidad de producir e innovar con absoluto rigor, alejado de modas, mientras se burlaba de convenciones sociales, celebraba toda la riqueza cultural que da sentido a la vida de las comunidades, y denunciaba todo género de pretensiones e imposiciones morales y políticas. 
Sin apartarse nunca del lenguaje figurativo, su obra tuvo en sus inicios un fuerte componente social y a menudo utilizó lo grotesco para acentuar la crítica. De aquellos años surgen series de grabados y dibujos que beben de una imaginería vanguardista, como las tauromaquias, o las escenas y personajes circenses. Al mismo tiempo, van apareciendo personajes fantásticos y mitológicos como los brujos, la serie de los habitantes o los comejenes. Realiza también temas histórico-políticos, o escenas que remiten a la pertenencia al territorio panameño y latinoamericano, como la serie Panamá, 20 de diciembre de 1989, Guanahaní 12 de octubre de 1492, el Retrato de Simón Bolívar, el Cristo Negro de Portobelo, o Tabaco Taíno.
Zachrisson fue evolucionando con posterioridad hacia territorios más oníricos y simbólicos en los que la huella de sus referentes – Rivera, Orozco, Siqueiros, Goya, Rembrandt, El Bosco, Velázquez, Picasso, Lam…- se transforma en un intenso diálogo con las raíces, por ejemplo a partir del estudio de las molas. En sus pinturas y grabados, en las que su original uso del color se conjuga con un personal tratamiento de la línea y del movimiento, poderosos personajes van construyendo un universo propio en el que el erotismo, el baile, el amor y lo espiritual inciden en la complejidad de la identidad panameña y centroamericana. Guaraguao, La saloma, Vuelo Nocturno, Andante, o Pájaro azul son algunas de las figuras que, a lo largo de los años, van ahondando cada vez más en ese mundo mágico, a veces intrigante, a veces cercano, pero siempre fascinante, creando escenas vibrantes que transmiten la esencia cambiante e inabarcable del trópico. Todos estos elementos toman cuerpo también en sus esculturas, que a través de cerámica, madera o hierro llevan su universo a las tres dimensiones, enfatizando todavía más el carácter totémico de su trabajo. Buena parte de sus esculturas son objetos y seres híbridos, no humanos, fabricados con materiales y en formatos muy modestos, de forma precaria, artesanal casi, con ternura.
En su 60 aniversario, el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá acoge la colección más completa de obras de Julio Zachrisson, convirtiéndose en un lugar único para conocer y estudiar toda la producción de un artista imprescindible para el país y la región. Es innegable además la pertinencia y actualidad de su obra en nuestros días. Una práctica que incide en algunas cuestiones esenciales en la evolución cultural de las sociedades contemporáneas, como son la memoria, la identidad, el territorio o la pertenencia. La honestidad de su acercamiento a los temas, su estética enormemente personal, así como la complejidad de su universo, abren hoy importantes cuestionamientos. Sus imágenes funcionan entonces como poderosos dispositivos de construcción de sentido que, desde aquella aparente inutilidad del arte, se revelan totalmente imprescindibles.  

 

Documentación: Alfredo J. Martiz J. / @ajmartizj

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